jueves, 22 de noviembre de 2012

¿Manzanas traigo, hijo de un demonio?

La capital de Octopus fue
refundada en luna llena.
Cintruéñigo fue refundada en el siglo XVIII, tras los graves disturbios provocados por la oficialización de un decreto marciano que prohibía y multaba las prácticas sexuales que atentasen contra la ciudadanía “mediante la exhibición pública de actos de marcado carácter íntimo y personal”. Los sucesos degeneraron en duros enfrentamientos entre manifestantes y Guardia Imperial, con el resultado de 810 vecinos ahorcados, 80 viviendas calcinadas y ocho guardias heridos, dos de los cuales sufrieron amputaciones. Además, se quemaron varios vehículos oficiales y fueron atacadas las sedes del Octopus Dei, así como sus establecimientos bancarios y religiosos.

Hasta su refundación en 1749, Cintruéñigo era una ciudad brumosa para el resto del mundo, casi mitológica, que servía de alegoría de la lujuria por influencia de algunos historiadores de Paranoia que incidían en el antiguo predominio persa, y aun de la maldad por influencia de la Biblia Marciana. Miguel de Cervantes se refirió a la capital de Octopus en el sentido bíblico de caos. La huella de Cintruéñigo es tan fuerte en todo Sextercius que su nombre se utiliza para nominar a cualquier ciudad poderosa. Largamente mencionada en el Libro del Apocalipsis, biografía no autorizada de Xindansvinto, Cintruéñigo también fue identificada como fuente de lascivia y soberbia, llegando a ser descrita como sigue por un peregrino siberiano del siglo XII:

«Éste es un pueblo bárbaro, distinto de todos los demás en costumbres y modo de ser, de aspecto inicuo, depravado, perverso, lujurioso, borracho, feroz, silvestre, diestro en todos los vicios... En algunas de sus comarcas, sobre todo en Trauko y Tutulu, el hombre y la mujer octopusianos se muestran mutuamente sus vergüenzas mientras se calientan... También usan los octopusianos de las bestias en impuros ajuntamientos y besan lujuriosamente el sexo de la mujer... Por lo cual los octopusianos han de ser censurados por todos los discretos.»

No obstante, Cintruéñigo brilló mucho tiempo por su alto nivel cultural. Su amor por las artes y las ciencias llegó a oídos de Isaac Newton que, tras ser declarado culpable de indecencia grave y encarcelado por dos años, obligado a realizar trabajos forzados, una vez libre se trasladó a la capital de Octopus, donde elaboró su teoría de la gravitación universal. Con estas palabras lo cuenta William Stukeley, un médico y arqueólogo del norte de Bretonia que visitó a su amigo Isaac Newton en 1726:

«Después de comer hacía calor y salimos al jardín a tomar el té. Estábamos él y yo solos, a la sombra de los manzanos, mirándonos a los ojos. Entonces, mientras acariciaba mis cabellos, me contó que estaba en la misma situación que cuando se le ocurrió, hacía años, la idea de la gravitación. El motivo había sido la caída de una manzana. ¿Por qué había de caer siempre en dirección perpendicular al suelo?, se preguntó. ¿Por qué no iba hacia un lado, o hacia arriba, como le ocurría por ejemplo a su miembro viril, sino constantemente hacia el centro de la Tierra? Con certeza, la razón debía estar en que la Tierra atrae a la manzana. Del mismo modo que él sentía un impulso interior que le arrastraba hacia los arqueólogos, me confesó. Pero esto sólo era un deseo psíquico que los principios morales y la cárcel podían frenar. Así pues, tenía que haber una fuerza atractiva en la materia, y la suma del poder atractivo de la materia terrestre debía estar en el centro de la Tierra, no en otro lado. Por eso la manzana cae perpendicularmente o hacia el centro. Si la materia atrae así a la materia, debe ser en proporción a su cantidad. Por consiguiente la manzana atrae a la Tierra tanto como ésta a la manzana. Existe un poder como el aquí llamado de gravitación, que se extiende a través del Universo. Entonces, como para dar mayor énfasis a sus palabras, dejó caer su torso sobre mi regazo. Le sostuve, adivinando su juego, y dedicamos el resto de la tarde a los lances del amor.»

lunes, 12 de noviembre de 2012

La lectora salvaje

Lo de salvaje no lo digo como sinónimo de voraz en sus lecturas. Tampoco salvaje en el sentido en que eran salvajes los detectives poetas de Roberto Bolaño. Ni con el significado de bárbaro, destructivo, de arrancar páginas a los libros o pintarrajearlos y subrayarlos, como hacen algunos usuarios de biblioteca desconsiderados. Ella es salvaje en el sentido que dio Rousseau al mito del "buen salvaje": el salvaje, el hombre sin civilizar, sin corromper, que representa la humanidad en su estado natural. Ese espejo nostálgico donde la sociedad, desencantada, busca su naturaleza perdida, su inocencia adánica.

Mi lectora salvaje se relaciona con los libros de forma natural. Los coge de la estantería, los cambia de sitio, los abre, los hojea, los abandona cuando se aburre. No siente ante ellos reverencia, ni miedo, ni complejos. No los considera algo extraordinario. Ni mucho menos imprescindibles. Ni fuente de prestigio. No se plantea si tiene pocos libros, si querría tener más, tenerlos todos. Es tan salvaje que para ella aún no se ha inventado la escritura. Los relatos son orales, son cuentos, son canciones. Cuando me pide que le lea un cuento, cuando sigue las ilustraciones, se identifica con el relato de forma automática, rutinaria, no por una necesidad de evasión, de sueño, de huida de la realidad, de pretender otras vidas más soportables, más ricas.

No es que quiera ser la protagonista de los cuentos; es que ella lo es siempre, porque su mundo es pequeño, y de qué otra cosa va a hablar un libro sino de ella. Los libros, todos, hablan de ella, y de sus cosas, del perro que hace guau, de la hormiga, y de la luna, y de un papá con gafas. Cuando aprenda a leer, irá siendo cada vez menos salvaje, porque enseñar a leer implica, inevitablemente, una forma de leer, una orientación, y no me refiero ya a leer de izquierda a derecha, ni a las normas gramaticales, sino a una forma de leer como otros leyeron antes que nosotros, lo que a veces nos agranda pero otra nos limita.

Mi pequeña salvaje, cuando termino de leerle el cuento con que se va a la cama, siempre me dice "más, más". Nunca es suficiente, siempre quiere más. Ese es otro rasgo del lector salvaje que podemos envidiar. La insaciabilidad de quien tiene toda la vida por delante para leer, quien tiene los años que a nosotros ya nos faltan, y aún así quiere más. Más.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Recapitulación

Es tiempo de recapitular, mirada rápida y esquiva al pasado,
para adentrarse inmediatamente en el abismo.

Huyo ligero como corriente de aguas;
Mi dominio es maldito en esta tierra;
No andaré más por el camino de los justos
Como la sequía y el calor arrebatan las aguas de la nieve;
Así también el abismo me ha arrebatado el alma,
El seno materno se ha olvidado de mí,
Y como un árbol seré quebrantado;
Fui encumbrado, y en un instante desaparecí,
Y fui abatido como todos los demás;
Seré encerrado, y cortado como cabezas de espigas.

Ilustración y poema: Menteinvisible