viernes, 20 de mayo de 2016

La muy puta


Siento llegar tarde una vez más. No es que el metro se haya roto o que la caldera haya explotado, esta lentitud debe formar parte de un plan maestro. He pasado otra noche en danza. Esta vez era un cementerio, pero no era un lugar lúgubre, era fresco y exuberante como un jardín tropical. Las tumbas eran peceras inmensas donde nadaban peces de todos los colores imaginables. Había miles de mariposas a mi alrededor y enormes magnolios donde los pájaros conversaban cantando entre las ramas. Yo iba saltando feliz de piedra en piedra sin ropa alguna. Más allá del muro, era el mundo el que estaba habitado por fantasmas.

domingo, 1 de mayo de 2016

La insurrección de los moros en la costa

En Repanocha, una de las zonas costeras más pobladas de Ortodoxia, los esclavos octopusianos sentían gran predilección por las manzanas; pero como sus contratistas no querían añadirlas a la dieta acostumbrada, alegando que aumentaban considerablemente el presupuesto establecido, organizaban expediciones a los huertos cercanos y las robaban. Los campesinos fueron a quejarse a la prefectura y los esclavos recibieron orden de no salir de los asentamientos octopusianos, cosa que no les hizo la menor impresión. La fruta siguió desapareciendo de los huertos, y, con ella, hasta los huevos de los corrales. Entonces los campesinos, pertrechados de viejas escopetas, decidieron vigilar sus huertos ellos mismos y dispararon contra los ladrones. El asunto hubiera quedado como un incidente local, pero los campesinos estaban amargados porque les habían aumentado los impuestos y se había elevado el precio de las municiones; así que todo unido hizo nacer en ellos un odio mortal hacia los octopusianos y organizaron contra ellos expediciones punitivas en grupos armados. Cuando la multitud atacó y disparó sobre los esclavos en sus lugares de trabajo, los empresarios fueron a quejarse al superintendente George W. Khan, quien ordenó que las armas de los campesinos fueran confiscadas. Los campesinos trataron de oponerse, provocando conflictos con los gendarmes, a los que también empezaron a disparar. Solamente la llegada de refuerzos militares, que registraron toda la zona casa por casa, puso freno a los encendidos ánimos de los lugareños.

Por la misma época ocurrió, al margen de éste, otro incidente desagradable. En los alrededores de Alepanoli unos muchachos agredieron a un esclavo octopusiano que, de manera sospechosa, se había metido en un gallinero. Los chiquillos le rodearon y empezaron a apedrearle. El hombre herido abrió la mano y tiró al suelo algo parecido a un huevo. Se oyó una explosión y tres de los muchachos quedaron hechos pedazos y otros cinco fueron heridos de gravedad. La noticia se extendió rápidamente. Unas seiscientas personas llegaron en autobuses de todas partes y, armadas de escopetas, hoces y martillos, asaltaron la colonia octopusiana de la Bahía de Tarambana. Veinte esclavos fueron asesinados antes de que pudiera intervenir la policía para rechazar a la irritada multitud. Los zapadores de Mayabunder llegaron a toda prisa y construyeron una valla protectora con alambre de púas; pero al anochecer salieron los octopusianos, destrozaron las alambradas y se dispusieron a atacar Alepanoli. Camiones militares trajeron inmediatamente compañías de infantería con ametralladoras láser y un cordón de soldados se esforzó por separar a los esclavos de la gente normal. La masa enfurecida respondió incendiando las oficinas de recaudación de impuestos y colgando a uno de los inspectores de un farol. En algunas iglesias varios sacerdotes fueron abusados sexualmente porque la ley les exoneraba de tributar al erario público. La prensa hablaba con grandes titulares de una revolución. El gobierno local de Petrópolis, sin embargo, lo desmintió enérgicamente y, rebajando el alcance de los disturbios, aconsejó a las autoridades militares que usaran con precaución sus armas biológicas para que los yacimientos fósiles no se vieran afectados.

PERIODISTAS PIDIENDO VENGANZA

Masa enfurecida, contra toda Ortodoxia.
Los periódicos proponían expediciones de castigo, sometimiento por hambre, deportación o una cruzada contra las hordas octopusianas, una huelga general, la dimisión de George W. Khan, la detención de todos los contratistas que empleaban esclavos, la detención de los agitadores comunistas y muchas otras medidas de seguridad. Ante la perspectiva de que fuesen cerrados los puertos, las gentes empezaron a abastecerse febrilmente de productos alimenticios y, con ello, los precios de toda clase de mercancías aumentaron a una velocidad vertiginosa. En las ciudades industriales estalló una tormenta contra el aumento de precios y la Bolsa se cerró durante varios días, durante los cuales se llevaron a cabo más de 1.500 huelgas, con más de 400.000 huelguistas. A raíz de estos hechos el gobierno declaró el estado de excepción. Prácticamente todo el norte ortodoxo y la zona oriental de Persia quedaron en manos del jefe submongol, quien no dudó en declararse emperador de la nueva república independiente. Restituyó el orden social con mano dura, pero también implementó un nuevo sistema tributario basado en castas y recondujo el odio hacia el anterior gabinete que, desprovisto de recursos, no supo reaccionar a tiempo. Los esclavos octopusianos habían contribuido inesperadamente a la sublevación generalizada y, fruto de ello, un nuevo imperio se disputaba la hegemonía del mundo.

Dado el cariz que habían tomando los acontecimientos, el propio Xindansvinto se ofreció a colaborar con los planes de su amigo George sobre la base de los acuerdos de Chipiona, a cambio de que los esclavos quedaran libres y fueran repatriados a Octopus. De esta forma daba por amortizado un golpe de efecto que desestabilizaría al movimiento opositor de Cintruéñigo, que lo tachaba de corrupto y de atender exclusivamente a sus propios intereses. Juntos idearon la estrategia de repatriación. Las Oficinas de Octopus retiraron el permiso de residencia a 11.200 personas por considerar que suponían una carga exagerada para las arcas de la Seguridad Social, pese a que la mayoría se encontraba en régimen de esclavitud. Además, por cada doce octopusianos repatriados siete de ellos debían acometer labores de espionaje a las órdenes de George W. Khan como libertos afines a su causa. La Comisión Marciana, impulsada principalmente por Bretonia, Paranoia y Octopus, propuso crear un sistema temporal de cuotas para distribuir a los demandantes de asilo, así como un mecanismo para absorber a unos 20.000 refugiados dentro de su nueva estrategia sobre inmigración. El reparto de refugiados se basaría en una serie de criterios, en particular «el producto interior bruto, el tamaño de población y la tasa de paro». Sin embargo, aunque muchos de ellos eran prácticamente octopusianos, Xindansvinto consideró que aceptar 1.600 refugiados era demasiado y puso alguna objeción con el argumento de que el alto índice de desempleo en Octopus impediría ofrecer trabajo a esas personas. Más tarde encontraría una solución al problema migratorio aún más brillante.

COLABORADOR DE LA VÍSPERA, ENEMIGO DEL DÍA SIGUIENTE

El pequeño puerto de Troumanach.
Mientras tanto, los libertos comenzaron a actuar en células autónomas; pero, aunque estuvieran al servicio de la causa antiortodoxa, sus prácticas no siempre estaban bajo control submongol. Unos hombres decididos, armados con pistolas y bombas, saltaron a bordo de un torpedero anclado en el Puerto de Troumanach. La tripulación no ofreció resistencia y fue desarmada rápidamente. Luego se dirigieron a la cabina del comandante en donde entraron en tromba. Le hablaron rudamente: «Tu casta es de mala uva. Harás lo que digamos y nada más. El barco tendrá que servir a la revolución». No hubo la menor violencia; al contrario de los sucesos terriblemente aleccionadores que se produjeron en otros puertos militares, en donde jefes y oficiales de navíos de guerra fueron masacrados. La desgracia también se abatió sobre algunos poblados del interior, donde varios de sus habitantes perecieron, víctimas de una violenta razia. Cráneos fracturados, manos y brazos heridos en el intento de defenderse e, incluso, arpones incrustados entre las vértebras eran ejemplos de lo que los forenses encontrarían entre las ruinas calcinadas. Estas masacres mostraban hasta que punto marineros, campesinos y esclavos estaban hartos de soportar a jefes submongoles que a la primera ocasión se hubieran pasado al enemigo ortodoxo. A George W. Khan le comenzó a preocupar el hecho de que la colaboración de estas milicias podría aumentar las tensiones sectarias entre sus cuadros de mando y ordenó una represalia que el ejército se encargó de llevar a cabo con inusitada brutalidad en una operación secreta. No hubo supervivientes. Por supuesto, todo ocurrió con la aquiescencia de Xindansvinto, quien no solamente no tuvo el menor reparo en consentir que los barcos de refugiados fueran hundidos en alta mar, sino que redactó un decreto según el cual las muertes ocurridas en operaciones especiales como las repatriaciones en tiempos de conflicto armado constituían datos confidenciales. Con esta maniobra, por un lado conseguía presentarse como un héroe libertario en Octopus y como un fiel aliado de George W. Khan ante la prensa internacional; y, por otro, se libraba tanto de la farragosa gestión de la inmigración como de enemigos potenciales cuya capacidad para la revuelta ya había sido contrastada.

Las grandes matanzas, los aniquilamientos, permiten empezar de cero, reescribir la historia, tanto futura como pasada. Xindansvinto confesó en sus memorias que nunca tuvo el más mínimo remordimiento. «Todos los días me levanto, me meto bajo la ducha y me miro la espiral tatuada en mi panza, y eso me da fuerzas para el resto del día. Día tras día, me recuerda lo que tengo que hacer». Nadie lo sabe: ni existen pruebas, ni existirán nunca.