viernes, 5 de abril de 2013

La falacia y el currículum (III)

Si la entrevistadora es mujer, el currículum es una buena carta de presentación y, en muchos casos, esta primera impresión acerca del postulante será la que le sitúe en la lista de candidatos o de descartados. Contrariamente a la creencia popular y las expectativas de muchas mujeres, el currículum no es una habilidad natural con que se nace. El currículum es una técnica aprendida, por lo que sin una mínima dedicación para enseñarlo o aprenderlo no es posible disfrutar de sus beneficios. Cada mujer es diferente en gustos y aversiones; así que no importa cuán bueno o buena fue alguien con su currículum en el pasado, deberá reaprender su técnica con cada nueva demandante. Aunque sea correcto destacar aquellos aspectos que nos gustaron anteriormente, no es muy aconsejable alardear ni hacer comparaciones.

Históricamente, el origen del currículum como carta de presentación suele asociarse a los juglares. Los juglares, por su condición de artistas ambulantes y su célebre picaresca, acumulaban ricas y variadas experiencias de todo tipo, recorriendo desde humildes aldeas hasta fastuosos palacios. Artistas del entretenimiento, los juglares no sólo dominaban la declamación, el canto, la música instrumental y el ars amandi sino que también eran saltimbanquis, lanzadores de cuchillos, equilibristas, domadores, etc., lo que les hacía especialmente codiciados por las hijas célibes de los grandes mandatarios, aburridas del amor cortés y las hazañerías mojigatas tan propias del espíritu caballeresco de los héroes de las cruzadas. Así pues, cuando los juglares acudían a palacio, debían postrarse a los pies de la dama, meterse bajo sus faldas y ofrecerle su mejor currículum que demostrara, entre otras cosas, su dominio de la lengua vernácula.

Gervasio Mustacchi.
Asimismo, la moda de usar mostacho se popularizó gracias a Gervasio Mustacchi Dansmünchhausen, queriendo significar con sus gruesos bigotes lo versado que estaba en estos menesteres. Aristócrata venido a menos, políglota y de refinada educación, Mustacchi se alistó al ejército siberiano desde donde comenzaron a circular varias historias increíbles sobre sus aventuras, por lo que, en adelante, se prohibió el rasurado del labio superior a los soldados.

La comunicación es muy importante para hacer un currículum satisfactorio. La perceptora debe guiar con instrucciones detalladas y exactas si espera obtener lo que quiere y necesita. Sonidos, chasquidos, jadeos, gestos con las manos, movimientos del cuerpo, caricias indicativas, etc. complementan las instrucciones verbales. Algunas mujeres temen ser demasiado demandantes, pero tampoco han de permanecer insensibles a los esfuerzos demostrados. Igualmente, la falta de interés y entusiasmo frente al asunto, la pasividad o la indiferencia del aspirante, son los errores más comunes en muchas ocasiones y conllevan a la no contratación de muchas personas. Para evitar estos errores, cualquier currículum se puede clasificar según estilo y sabor en diferentes tipos: basic, classic, mini, gourmet, exótico y selección. Una vez que encuentre una forma de estimulación que le sea placentera, manténgala en ritmo e intensidad hasta que ella experimente el orgasmo (si ella quiere, pues no siempre es necesario para disfrutar). Como su lengua puede cansarse, asegúrese de usar labios y lengua para acariciar y chupar sus delicados tejidos alternativamente.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Historia media moderna

«Surgiendo del mar, la isla aparecía como una vasta masa de montañas agudas y astilladas. La parte central está inexplorada, dado que las afiladas cumbres presentan una barrera infranqueable al camino del viajero». Chipiona, paraíso feudal de la Edad Media; pero de una Edad Media exagerada y asfixiante, desproporcionada, insaciable, vesánica. Probablemente, el ser humano nunca ha sido tan siervo de un señor, nunca ha estado tan expuesto a los caprichos tiránicos de un amo. En los libros de Historia se suele decir que el siervo de la gleba era fundamentalmente religioso, como si su paso por este mundo no tuviera otro sentido que estar a la espera de una vida más allá. El campesino medieval, se dice, vivía consagrado a su dios, pendiente de su dios, deseoso de complacerle haciendo diariamente sus deberes... Este es el panorama que cierra el milenio. En las fronteras los alienígenas amenazan con asaltar y destruir los núcleos de civilización. En el interior los tolerantes pretenden poner bridas al asalto, domesticando a los infieles. Pero los herejes comienzan a lanzar su proclama: «¡Que nos invadan, solo pueden vivificarnos! ¡No tenemos más edad oscura que ésta, en la que ya vivimos!».

A pesar de las conspiraciones germánicas para que Chipiona se anexionara a Paranoia, este enclave africano del Imperio Marciano tuvo su esplendor autónomo bajo la influencia militar de Persia, gozando de unos fuertes vínculos económicos con Siberia y Ortodoxia. El libro «Los últimos días de Chipiona: decadencia, apocalipsis y resurrección» describe su historia media moderna (alto medievo) como una época de increíble vitalidad intelectual, de diálogo apasionante entre civilización bárbara (alienígena), herencia marciana y estímulos orientales, de viajes y de encuentros, con los monjes ortodoxos que atravesaban Gondwana difundiendo ideas, promoviendo lecturas, inventando locuras de todo género... Los mercados ya no eran compatibles con la pretensión de vivir varios años en el mismo sitio. Los habitantes de Chipiona que, de por sí, no salían de su pueblo en toda su vida, protagonizarán grandes migraciones, que darán lugar a fusiones y mezclas raciales, importación y difusión de nuevas ideologías. La voluntad de los dioses los quiere nómadas; pero nómadas sin lastres culturales, sin nada más que lo puesto para poder correr ligeros aquí y allá.

Ante todo, hay que cumplir con la voluntad del mercado. Pero es en vano: jamás un dios estuvo tan loco para cambiar de opinión cada mañana, cada minuto, cada segundo. En su nombre, una nueva clase noble maneja al pueblo y a sus esclavos, pero con una pequeña diferencia; si antes los nobles se sentían obligados a cuidar su territorio, ahora no tienen territorio sino burbujas: rutas aleatorias y cartografías provisionales. Así, sus designios son mucho más imprevisibles que los de Nerón o Calígula. Hasta entonces los dioses solían ser bastante estables: Jehová era algo celoso y tenía mal carácter, era un dios exigente, pero no un demente. Los sabios han dejado de ser los tábanos del poder y como oráculos «pasan la noche en vela a la luz del candil tratando de alumbrar relamidos elogios a los tiranos». Con su lenguaje religioso hablan de la confianza en los mercados, de cómo hay que bombearles sangre con sacrificios humanos. Pero los dioses son insaciables, siempre hacen falta más sacrificios. La mayor parte de la población está vendida a vida o muerte a una lógica de producción que se determina a sus espaldas y, además, de forma cada vez más misteriosa (magia negra) en ese mundo del sinsentido al que llaman «los mercados».

Puede que la Edad Media conservara a su modo la herencia del pasado, pero no por hibernación, sino por retraducción y reutilización continua: fue una inmensa operación de bricolaje, en equilibrio entre nostalgia, esperanza y desesperación. Bajo su apariencia inmovilista y dogmática, constituyó, paradójicamente, un momento de «revolución cultural». Todo el proceso estuvo caracterizado de manera natural por pestilencias y estragos, intolerancia y muerte. Nadie dice que la Edad Media Contemporánea represente una perspectiva más halagüeña. Al contrario, esta es mucho más oscura, opaca y criminal. Como decían los chinos para maldecir a alguien: «Así vivas en una época interesante».

martes, 19 de marzo de 2013

Un buen trono para tocar los cojones

Duos habet
et bene pendentes.
Por el año 822 nació en Maguncia una niña hija de un monje itinerante que la crió en un ambiente de estudio y amor a las letras, algo vedado a la mujer. Como una suerte de Monja Alférez avant la lèttre, se disfrazó de mozo, se instruyó y viajó a Constantinopla y Atenas. Erudita en diversas ramas del conocimiento, acabó ejerciendo el magisterio en Roma, donde conoció al Papa León IV, pensando este que era un arrapiezo. Juana, que así se llamaba quien pasó a la historia como la Papisa Juana, le sucedió como Santo Padre bajo el nombre de Joannes Septimus (aunque, según otras fuentes, se cambió el nombre a Benedicto III). Parece que camino de la iglesia San Clemente dirección Letrán no parió la abuela, sino la Papisa, quedando el respetable alucinado.

Visto tan traumático evento, la púrpura se ató los machos. Hasta el extremo de que, cada vez que se nombraba un Vicario nuevo, se le palpaban los genitales para asegurarse de su masculinidad, no vayamos a liarla. Al recién habemus papam y antes de la «fumata blanca», se le sentaba en la sedia stercoraria, una silla con el asiento agujereado en el centro (como una taza de váter actual, pero sin mármoles) por donde un diácono le tocaba literalmente las bolas. No se podía correr el riesgo de una nueva Papisa.

Aquel detector de mentiras era público dentro de la privacidad curial, o sea, te tocaban los perendengues delante de gente «profesional». Algo, entonces, normal, nada escandaloso. Esta ceremonia duró hasta el siglo XVI. Incluso el Papa Alejandro Borgia tuvo que someterse a estos tocamientos (que hoy rozarían lo penal), a sabiendas de que su «esposa» le había dado cuatro lozanos retoños que él reconocía con orgullo levantino. Tras el «examen de la silla», el diácono, una vez tocadas las pelotas del nuevo Papa, no se rían, decía estos latines: «Duos habet et bene pendentes», o sea: «tiene dos y cuelgan bien».

Hoy esto nos mueve a risa, pero no entonces. Piénsese que los antiguos romanos, al no tener una Biblia sobre la que jurar y testificar, lo hacían apretándose con la mano derecha en un juicio los testículos. Por eso las mujeres no podían ser testigos (ni nada), palabra que viene de «testificar» dizque «tocarse los testículos». Hacer eso (tocarse los cojones, hablando en argenta) era el non plus ultra de la palabra de honor dada en un contencioso y ello, ojo, entre iguales o superiores, nunca plebeyos. No había, ya se dijo, biblias ni constituciones donde jurar o prometer nada ni imperativos legales. Solo tocarse los cojones. Pero no como un huevón o cojonazos, sino reivindicando la verdad y el honor.

Ocurre que de un tiempo a esta parte no hace falta que te toques los cojones: ya te los tocan a ti. De ahí que todavía se oiga aquello de «no me toques los cojones» como diciendo «porque me voy a tener que cagar en tu puta madre». Es lo que tiene ser «pueblo», que siempre le están tocando los cojones... hasta el día menos pensado.

lunes, 11 de marzo de 2013

El último vals



lunes, 25 de febrero de 2013

domingo, 17 de febrero de 2013

La falacia y el currículum (II)

Un pedagogo hubo; 
se llamaba Herodes.
Tan aturullada estaba cuando salí con mi folleto informativo de la Octopus Office, que apenas le presté atención hasta que llegué a casa. El pequeño manual, de unas ocho páginas, estaba dividido en tres secciones claramente diferenciadas: una, de disposiciones burocráticas y contactos, situada al final, que mostraba de manera condensada fines, métodos, expectativas de logro, ejes transversales, fundamentos generales, ciclos y áreas; otra, más práctica, acerca de la utilidad del currículum y la falacia; y por último, aunque situado al inicio, un capítulo específico sobre la infancia que explicaba una nueva norma establecida a fin de impedir que los niños de los pobres supongan una carga para sus padres y a su vez conseguir que sean beneficiosos para la comunidad, cuya lectura me aclaró de forma inquietante la presencia de tanto niño en una institución para adultos.

La norma buscaba una solución a la imposibilidad de educar y sostener a tantos niños sin recursos que raramente, según los comerciantes, son mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad su transacción no puede compensar el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces su valor.

Especialmente sensibilizada con el tema hasta el punto que había realizado un estudio sobre la pobreza infantil en mi país, no encontré tan descabellada aquella norma. Tampoco Octopus era ajeno a iniciativas similares, como la ensayada en Fuentelisendo a propuesta del Dr. Jonathan Swift. Su ayuntamiento, que se remonta al siglo XVI, fue remodelado en 1729 según el diseño siguiente: la planta de arriba se utilizaría como escuela de niños, alcaldía, secretaría y cámara agraria; y la planta de abajo como escuela de niñas, cárcel y carnicería matadero. Posteriormente, debido al cambio demográfico implementado, su función pasó a ser de secretaría y salón de actos en la planta alta, mientras que en la planta baja se ubicaron un centro de la tercera edad y un pequeño almacén.

Con la misma intención, aunque con un alcance más limitado, en el texto se indicaba que, contabilizando tanto los niños criados en hogares poco capaces de mantenerlos como los que mendigan en las calles, hay unos doscientos mil niños pobres en Octopus, de los cuales al menos la mitad se podrían utilizar para dar de comer a las clases acomodadas.

También explicaba que un niño medianamente bien cuidado puede pesar doce kilos al final de su primer año, y que podría venderse por cinco veces más de lo que ha costado cuidarlo teniendo en cuenta que se alimenta únicamente de leche materna, lo que confiere al niño una carne deliciosa, nutritiva y saludable, ya sea estofada, asada, al horno o hervida. Además, la demanda de carne de venado bien podría ser satisfecha por los cuerpos de niños no mayores de catorce años ni menores de doce.

El informe contenía una enumeración de las ventajas que conllevará el proceso: evitar la molestia de un país lleno de mendigos, lo que a su vez favorecerá el turismo; disminuir la población católica, pues es la que más niños tiene; proporcionar nuevos platos para los ricos, con los que puedan demostrar su estatus; fomentar la alta costura, mediante el uso de la piel desollada de los niños para fabricar guantes y botas; mejorar la economía de las madres, que obtendrían más dinero con la venta de sus hijos como alimento que negociando por ellos con cualquier otro propósito, y además les permitiría conseguir mejores trabajos, al no tener que cuidarlos, así como la posibilidad de seguir criando; dar una mayor protección a las mujeres, a las que sus maridos dejarían de propinar palizas y las atenderían como hacen con sus yeguas, sus vacas o sus puercas; etc.

domingo, 10 de febrero de 2013

Xindansvinto, el mejor alcalde del mundo

Según los anales de la prestigiosa y libérrima “The City Mayors Foundation”, Su Alteza Municipal e Ilustrísimo Señor Jefe Supremo de Octopus Xindansvinto fue proclamado en vida el Mejor Alcalde del Mundo. Tanto ringorrango para su molicie no resulta sorprendente pues incluso la codiciada distinción de emperador marciano le fue reconocida a título póstumo. Como inolvidable padre putativo, Xindansvinto fue efectivamente el mejor alcalde del mundo.

Del mundo, del sistema solar, de la galaxia y, por ende, del universo. Y es que no sólo fue el mejor Jefe Supremo que haya tenido Octopus, también fue la mejor persona, el tipo más elegante, el más chirene, el más generoso, el más humilde, y hasta el más guapo. Y mejor paramos aquí, porque a Xindansvinto no le hubiera gustado nada ser adulado y no queremos ser tachados de tiralevitas.

Sabemos que para Xindansvinto fuimos como sus hijos e hijas y, de hecho, existe algún documento fonográfico donde se le oye gritar: «¡Los comparseros son todos unos hijos…!» (no nos consta el final de la frase pero seguro que es “míos”). La cosa es que sus súbditos, gracias a tener el padre alcalde y para que no se acatarraran por el mal tiempo, vieron acortado el desfile de comparsas previsto para el merecido homenaje a Xindansvinto; el cual, a cambio, les regaló una ocurrente escenificación amenizada por juglares reclutados para este fin (el consabido 'menester de juglaría'). Por otro lado, en el caso de que las cosas no hubieran discurrido como ordenó, Xindansvinto estaba dispuesto a mandar a unas dotaciones de la Guardia Imperial para calentarles y de esa manera evitar desagradables constipados. Tanto paternalismo nos abruma…

En el cuadro, un óleo sobre tabla pintado por el maestro Mikel Aingeru Buonarrotti, podemos observar a Xindansvinto en actitud laboriosa y humilde, con gesto preocupado ante la crisis que nos asola. Casi inadvertida pasa la Makila de Alcalde, que trata de ocultar tímidamente, al igual que la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, apenas perceptible si no se es muy observador. Su rostro se oculta tras un antifaz carnavalesco, conjunción de su inexistente afán de protagonismo y su gran espíritu festivo y zaragatero.

martes, 29 de enero de 2013

La falacia y el currículum


Había mucha gente en la United Octopus Office esta mañana. Había tanta gente que de allí no parecía salir nadie. Solo entrar. Entraban familias enteras y tenían incluso un campo de juegos improvisado en la moqueta de la entrada. Así que ahí estábamos todos. Cada uno éramos de una raza, un color y una edad diferentes. Sin embargo, todos teníamos algo en común y no era para alegrarse demasiado. La gente esperaba en silencio, los bebés se miraban entre ellos y jugueteaban. Quienes entraban a buscar ofertas de trabajo esperaban su turno con la misma cara de desaliento con la que habían entrado. Al principio no advertí la cantidad de carritos que se agolpaban en el vestíbulo como si aquello fuera una guardería. Adultos entraban muchos, más de los que salían, pero en todo aquel tiempo no vi cruzar la puerta de salida a niño alguno. La hora aproximada de la cita previa para pedir información ha sido más aproximada a media hora más tarde.

La verdad es que ya no recordaba el motivo por el que la vez anterior aparecí por allí. No sabía si había ido a pedir un subsidio que prefería no cobrar para no perder lo cotizado, si me había apuntado a una bolsa de trabajo de la que jamás me llaman o simplemente había ido allí a hacer un estudio sociológico del desempleo y sus consecuencias demográficas. El porcentaje de familias que no pueden permitirse una comida con proteínas al menos cada dos días ha aumentado. Los indicadores muestran que casi el 17% de los hogares se encuentran en riesgo de no poder cubrir sus necesidades básicas y que la proporción de población menor de 15 años en riesgo de pobreza grave (11,7%) se ha incrementado en más del 77% desde que comenzó la crisis. Resulta un triste espectáculo, para quienes viajan por nuestro país, ver que las calles, carreteras y las puertas de los chamizos están atestadas de mujeres mendicantes, seguidas de tres, cuatro o hasta seis niños, todos vestidos con harapos, y que importunan a todos los paseantes pidiéndoles una limosna. Para colmo, la dominación simbólica convierte al espectador en un sujeto alienígena clonado que contempla su vida en una pantalla para así no tener que mirar a los ojos de otro androide, ni tocarle, solo hablar, ver y oír el eco de quienes lo incomunican.

Por fin, cuando aquello parecía no tener un mañana, me ha tocado el turno y me he acercado a la mesa que me correspondía. Por un momento casi preferí que me hubiera atendido el señor del bigote, que de seguro se hubiera dejado embaucar con alguna falacia. Allí estaba ella, la señora del tupé, con esa cara malhumorada como de quien no ha recibido un buen currículum. Ya desde antes de sentarme me ha tratado como si fuera una cucaracha aplastada o algo parecido. Le he dicho que venía a resolver unas dudas y le he enseñado el papel que me dieron la vez anterior. Antes de que su mirada llegase a centrarse en mi papel, me lo ha apartado con la mano y me ha dicho: «Esto no me concierne, ¿algo más en lo que pueda ayudarte...?». Yo, claro, no entendía ni castañas y, para su desgracia, confieso que desde bien pequeña mi abuela me instruyó en las malas artes, la magia negra y la nigromancia, e incluso me enseñó a preparar algunos maleficios y a ejecutarlos. Así que, después de arduos esfuerzos y un calambre en la lengua, he conseguido que me explicase cuatro cosas, no sin antes oír que eso compete a Sextercius, no a ella, que es funcionaria del Imperio (de lo cual parecía muy orgullosa). Me explicó que tenía que haber pedido cita en la mesa contigua, la del señor con bigote, que pertenecía a otro organismo que, lógicamente, estaba en otro "despacho" (en realidad era el mismo, pues las mesas estaban divididas por simples paneles verticales) y que me iba a apuntar en una tarjeta el teléfono al que debía llamar.

Curiosamente, aunque al parecer mi duda podría ser resuelta por la persona que estaba al otro lado, que además probablemente tendría tarjetas con su propio número de teléfono, la señora del tupé tuvo que levantarse y salir del despacho compartido, cruzar el pasillo, llamar a una puerta, hacer una consulta, luego ir al armario, comprobar que estaba cerrado, volver tras sus pasos, entrar en otro despacho compartido, solicitar una llave, comprobar que no era la correcta, y por fin, luego de desaparecer durante varios minutos, en los que desde mi perplejidad estuve por un momento a punto de asomarme al otro lado del panel y realizar mi pregunta por las bravas a quien allí estuviera, la señora del tupé regresó con un manojo de llaves, las probó una a una hasta que dio con la correcta, abrió el cajón pertinente en el armario, sacó las tarjetitas, las puso sobre la mesa y volvió a salir para devolver las llaves. Cuando por fin regresó de la eternidad de los tiempos, garabateó una de esas tarjetas y me la entregó junto a un folleto.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Acerca de la naturaleza de las cosas

Sarah Ywa es la madre ancestral.
El abolengo de Gumerxindo Saraiva podría explicar adecuadamente algunas de las leyendas más famosas que acompañan su biografía. Una de ellas alude a sus atributos y su libido insaciable; y así suele ser representado, provisto de un enorme falo en perpetua erección puesto que, según testimonios de la época, lo mantuvo erguido incluso después de muerto. Durante años se dio como buena la explicación médica a pie de campaña que atribuía este fenómeno al desmedido consumo de opiáceos del que hacían gala sus tropas y que el propio Gumerxindo fomentaba con su ejemplo. Sin embargo, en 2001 dos antropólogos de la Universidad Anthony Hopkins se percataron de la diferencia entre los restos de cualquier ser humano y los restos momificados del caudillo Saraiva: un hueso situado en el órgano reproductor, más fuerte que cualquier otro del cuerpo humano.

Para explicar la presencia de este hueso, los acólitos del Octopus Dei habrían creado el mito de que al hombre común le falta un hueso que sí tienen otros animales, porque Super Dios se lo quitó al primer varón humano (Adamneo) para crear a la primera hembra humana (Sarah Ywa). Ese mito quedó registrado en el Libro del Génesis de la Biblia Marciana.

El jefe Gumerxindo estaría emparentado con el linaje de la primera mujer, Sarah Ywa, que no necesitaba varón para procrear aunque también pudiera reproducirse sexualmente; y el apellido Saraiva no sería sino una derivación lingüística del nombre bíblico de su madre ancestral. La elaboración de esta hipótesis no resulta tan descabellada habida cuenta de que el propio Xindansvinto se jacta de su noble linaje por ascendencia materna a causa de su genoma ribosómico mitocondrial.

Siguiendo el texto bíblico, el versículo 2.21 sería una explicación acerca de cómo se le quitó ese hueso al primer hombre. La elección del hueso peneano por el sumo cirujano universal sería obvia debido a su mayor relación con la paternidad que una frágil costilla. La costura de carne que se menciona podría referirse al rafe, la “costura” embrionaria que se percibe en el pene y el escroto. El texto sagrado no tenía palabras para referirse al pene, por lo que se tuvo que utilizar otra palabra. El término que se utilizó para el ‘hueso’ podría referirse tanto a un soporte estructural como a la parte dura y compacta que está en el interior de algunos frutos y en la cual se contiene la semilla. De esta forma, el sumo hacedor, que amén de cirujano veterinario era también agricultor, sembró el hueso extraído y lo plantó en la tierra; y de aquel lugar surgió Sarah Ywa, Хауа Ана, Hawa, Eva...

«Adamneo abrió los ojos. Estaba desnudo y acurrucado, se despertó con la sensación de que algo le faltaba. Nunca le había pasado algo así. A pesar del dolor que le impedía caminar más aprisa, sintió que debía apresurarse a buscarlo desesperadamente, sin saber lo que iba a encontrar. Después de un rato, Adamneo enloquecía, no sabía qué era lo que le pasaba, el corazón se le aceleraba, sus manos le temblaban y sentía un nudo en el estómago como si necesitara abrazar con ansia un cuerpo distinto al suyo. Por fin la encontró, recién surgida de la tierra, Sarah Ywa, hermosa y rotunda, mitad mujer mitad árbol de la vida, pues sus raíces vegetales no eran leñosas sino fuertes tentáculos que aún permanecían hincados en el suelo.»

Estatuilla del jefe Saraiva
 en una fiesta de aceite.
Otra explicación más plausible para el hallazgo óseo en los restos momificados de Gumerxindo Saraiva daría al traste con toda esta leyenda acerca de sus orígenes sagrados, añadiendo de paso un aspecto bastante controvertido a su mítica concupiscencia: la evidencia de que el caudillo sufriera una impotencia eréctil y hubiera utilizado un implante quirúrgico para lograr un pene enhiesto y duro, con una erección sostenida y larga, incluso sin estimulación sexual. Según este enfoque, el jefe Saraiva se habría aficionado a los opiáceos como terapia medicinal contra sus problemas de erección y una vez adicto a ellos se habría hecho implantar el báculo de algún primate de gran tamaño. En algunas estatuillas de la época se le representa aplicándose aceite en su miembro viril con algún oscuro propósito.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Hágase como se ordena

La pía educación, uno de los pilares más seguros de la virtud.
Se había instaurado la norma de que, para el buen gobierno de la nación, era necesario que sus gentes diesen minuciosa cuenta de aquellas actividades que más solazan al individuo y se habían hecho creíbles ideas absurdas como que el hombre al que le gusta admirar los pechos de una mujer es un canalla o que la mujer que anda en bicicleta es viciosa. A partir de esta moda, aficiones habituales comenzaron a ser consideradas inaceptables.

Ocurría, además, que a menudo eran los grandes señores quienes se mostraban más proclives a las actividades más impías. Tal fue el caso de un conocido cardenal al que la iglesia acabó por dar la espalda, paradójicamente, por haberse aficionado a que muchas de sus jóvenes feligresas adoptaran dicha postura frente a él.

Cuentan que toda la nación se enteró de que el Príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.

— Sin mayores explicaciones —le dice su madre— porque la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendarte, hija mía: desconfía de las primeras proposiciones que te haga tu marido y contéstale con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que te guste, pero por ahí de ninguna manera...».

Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el Príncipe, con el pelo ensortijado, empolvado hasta los hombros, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenga cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en sus ojos se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento...

Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el Príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez, no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:

— ¿Por quién me tomáis, señor? —le dice—. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.

— Pero, señora...

— No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.

— Bien, señora, habrá que complaceros —contesta el Príncipe tomando posesión de su enclave predilecto—. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra noche de bodas, pero tened en cuenta, señora, que en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.

— Me parece muy bien, señor —contesta la joven, buscando la postura—, no temáis que no os lo he de pedir.

— Entonces, ya que así lo queréis, adelante —contesta él—, ¡hágase como se ordena!