viernes, 14 de diciembre de 2012

Hágase como se ordena

La pía educación, uno de los pilares más seguros de la virtud.
Se había instaurado la norma de que, para el buen gobierno de la nación, era necesario que sus gentes diesen minuciosa cuenta de aquellas actividades que más solazan al individuo y se habían hecho creíbles ideas absurdas como que el hombre al que le gusta admirar los pechos de una mujer es un canalla o que la mujer que anda en bicicleta es viciosa. A partir de esta moda, aficiones habituales comenzaron a ser consideradas inaceptables.

Ocurría, además, que a menudo eran los grandes señores quienes se mostraban más proclives a las actividades más impías. Tal fue el caso de un conocido cardenal al que la iglesia acabó por dar la espalda, paradójicamente, por haberse aficionado a que muchas de sus jóvenes feligresas adoptaran dicha postura frente a él.

Cuentan que toda la nación se enteró de que el Príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.

— Sin mayores explicaciones —le dice su madre— porque la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendarte, hija mía: desconfía de las primeras proposiciones que te haga tu marido y contéstale con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que te guste, pero por ahí de ninguna manera...».

Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el Príncipe, con el pelo ensortijado, empolvado hasta los hombros, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenga cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en sus ojos se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento...

Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el Príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez, no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:

— ¿Por quién me tomáis, señor? —le dice—. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.

— Pero, señora...

— No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.

— Bien, señora, habrá que complaceros —contesta el Príncipe tomando posesión de su enclave predilecto—. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra noche de bodas, pero tened en cuenta, señora, que en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.

— Me parece muy bien, señor —contesta la joven, buscando la postura—, no temáis que no os lo he de pedir.

— Entonces, ya que así lo queréis, adelante —contesta él—, ¡hágase como se ordena!

5 comentarios:

  1. Todo al revés en el reino de Brauffemont. Y la princesa con nuevas aficiones. Jajajaja

    Salud.

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  2. Carlos: Que no se diga que sobre gustos no hay nada escrito... Salud.

    Adriana: Respire hondo... ¿Así mejor? Gracias.

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  3. Hace falta menos histeria en el mundo.

    Mucha menos histeria.

    Saludos

    J.

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  4. Sin duda. Lograr la ausencia de histeria sería, al menos, un instrumento consolador.

    Por otro lado, como dijo Stig Dagerman, la necesidad de consuelo es insaciable.

    Muy aguda, su aportación. Gracias.

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