sábado, 4 de febrero de 2017

El legado de Herculo

La primera batalla de Tourmalet se remonta a 1847, cuando un puñado de valientes, entre los cuales sobresalían el heroico Gumerxindo Saraiva y su adlátere Herculo, declararon la sublevación de los pueblos de Octopus contra el Imperio Marciano, incidiendo significativamente en la redefinición de otras regiones de Sextercius que añadieron a su nombre el de Cintruéñigo.

En su permanente litigio contra el Reino del Castillo por la disputada estirpe de Corcos, Saraiva llevó al máximo grado su indiscutible liderazgo hasta que en 1910 el conspirador Henri Desgrange ordenó su asesinato en una emboscada. Herculo vengó la muerte de su amigo degollando a Desgrange antes de que tomara el poder, lo que desencadenó una despiadada carnicería en la mítica cumbre del mal retorno. Luchadores como Redondo Contador y Picudo Delgado destacarían en su destreza con el puñal, convirtiéndose en sus lugartenientes.

Con la firma del armisticio que detuvo la cruel batalla a puñaladas, la nueva demarcación territorial de Sextercius dividiría el mapa basándose en prejuicios meteorológicos, pero sin criterio climatológico alguno, con la vaga excusa del sistema sexagesimal vigente. Además se promulgó la deportación de Herculo que, seguro de sus conocimientos en astrología y papiroflexia, embarcó junto a sus dos camaradas en una trepidante expedición en busca de la genealogía de Corcos, lo que les deparó innumerables aventuras.

La tripulación fue reclutada entre afines aunque no hubieran participado en la histórica gesta. Fue el caso del joven oficial Federico Temeto, quien acabaría reemplazando a un nefasto capitán alcoholizado cuando este cayó por la borda en el transcurso de una fuerte tormenta. En otra ocasión, el embate de las olas hizo zozobrar el navío con tal ímpetu que, a pesar de las hábiles maniobras de Temeto, la nave quedó encallada en una inhóspita isla regida por Bárbaro Oreste, cuyo celo por sus concubinas provocó la expulsión de los naúfragos tras una monumental bronca con el pretencioso capitán.

Al regreso de sus viajes por el mundo, Temeto lideró diversas incursiones bélicas. En 1954 organizó sendos levantamientos en Tourmalet y Cintruéñigo propugnando la presidencia de Tiberio Dansvinto, a quien veía como un jefe honesto; pero, cuando este accedió al poder en 1957 y quedó patente su autoritarismo, Temeto le repudió, volviendo a las armas en 1959 y de nuevo en 1964, esta vez junto a Longino Lalanza, a quien cedió el testigo.

En 1974, con Xindansvinto en el poder, Danguillaume aplastó una revuelta encabezada por Lalanza, quien en la retaguardia reorganizaría una guerrilla insurgente luego conocida como las Huestes de Herculo. Por supuesto, este nombre no rememoraba al Herculo que luchó en Tourmalet ni al Herculo que rastreó los orígenes de Corcos, sino a un Herculo tamizado e idealizado convenientemente a través de la propaganda clandestina del desertor y poeta Filippo Pozzato. En 1985 las Huestes de Herculo se hicieron con el control de Luz Ardiden, siendo ejecutado en la trifulca Bernard Hinault, mano derecha de Danguillaume.

Herculo, por su parte, tras separarse de su joven capitán se asentó en Patagonia Moái, donde se casó y tuvo cuatro hijos. Su felicidad y riqueza llegaban al cénit cuando cometió diversos deslices. Por un lado, olvidó completamente su inicial propósito investigador dejándose influenciar por la nube telepática. También se dice que robó el néctar de ambrosías de los dioses para compartirlo con sus amigos, pero que al probarlo estos entraron en una especie de letargo que se prolongó durante años. Herculo dispuso en su palacio estancias en las que pudieran descansar. Con el tiempo se quedó prendado de una princesa y, al pasar por el lecho donde dormía, aprovechaba para violarla, dejándola preñada y detonando una serie de equívocos cuyo punto más retorcido lo protagonizó su celosa esposa dando caza a los hijos bastardos de su marido para cocerlos, adobarlos y servírselos a escondidas entre las carnes de su cena. Todo para acabar diciendo con sorna al comensal durante el banquete que aquellos manjares que masticaban sus dientes eran, sin duda alguna, de su propiedad. Comida, crueldad y drama, todo muy octopusiano.

6 comentarios:

  1. Y yo pienso que tengo imaginación... je.... ahora mismo estoy acomplejado.

    Muy bien por la tuya.

    Saludos.

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  2. No se crea. Somos bastante sinvergüenzas, eso es todo. Lo suyo sí tiene mérito.

    Un abrazo saludable.

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  3. Y la disputa por el poder nunca se acaba...

    Jamás.

    Excelente mitología.

    Saludos,

    J.

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  4. Gracias por su aportación. Decía Spinoza que «de todas las ideas, que cada uno tiene, hacemos un todo o, lo que es lo mismo, un ente de razón, al que llamamos entendimiento». O como dice el refrán: «A buen tenedor, pocas palabras bestias».

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