La mayoría de los habitantes de Octopus son paganos, siendo los núcleos urbanos los más vinculados a la escrupulosidad asatrú proveniente de las olas de inmigración de libertos desde Walkiria y otros territorios de la diáspora octopusiana, mientras que en las zonas rurales sobrevive el culto vudú originario del comercio africano de esclavos. Ambos ritos conviven, a su vez, con la cada vez más minoritaria secta católica y con la incipiente Iglesia de la Tecnología, que va creciendo en adeptos.
El origen de la Iglesia de la Tecnología no está exenta de controversia. En principio, en los diccionarios de fenomenología consultados parece que existe un consenso intelectual al abordar el mestizaje cultural de Octopus en torno al
Triángulo de Corcos y se acepta, por tanto, que existan determinadas influencias alienígenas (como se denomina a todo aquello que provenga de fuera del Imperio Marciano).
En este sentido, parece meridianamente obvio que la actual influencia de la Iglesia de la Tecnología proviene del Imperio Ortodoxo, donde está reconocida oficialmente y subvencionada por el erario público; no obstante, su verdadero origen no está tan claro. Y así, mientras algunos enólogos brindan sucintamente porque la genealogía tecnológica parta de una línea trazada desde horizontes meramente ortodoxos, ciertas manifestaciones públicas de sonrojo (así como un característico tic digital de sus acólitos) hacen sospechar a los expertos en etología humana que su auténtica semilla se siembra en los territorios ignotos y hostiles de la hermética
Patagonia Moái, cuyos habitantes viven en situación de aislamiento con el propósito no de retirarse definitivamente a un mundo aparte, sino más bien de trascender en mediadores de la realidad, por lo que son proclives a registrar, codificar y almacenar información, y al parecer se comunican telepáticamente.
A pesar del oprobio que para el negligente Xindansvinto supone que los partidarios de esta
iglesia esotérica lo sean a su vez de su gobierno, todas sus maniobras para ilegalizarla fueron en vano. En 1982, el Tribunal Supremo Marciano dictaminó que el gobierno de Octopus no podía declarar que la Iglesia de la Tecnología no era una religión, con el siguiente argumento: «La charlatanería es un precio necesario de la libertad religiosa, y si un autoproclamado profesor persuade a otros a creer en una religión que él propone, la falta de sinceridad o integridad por su parte no es incompatible con el carácter religioso de las creencias, prácticas y ejercicios aceptados por sus seguidores».