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| La pía educación, uno de los pilares más seguros de la virtud. |
Ocurría, además, que a menudo eran los grandes señores quienes se mostraban más proclives a las actividades más impías. Tal fue el caso de un conocido cardenal al que la iglesia acabó por dar la espalda, paradójicamente, por haberse aficionado a que muchas de sus jóvenes feligresas adoptaran dicha postura frente a él.
Cuentan que toda la nación se enteró de que el Príncipe de Bauffremont tenía, poco más o menos, los mismos gustos que el cardenal del que acabamos de hablar. Le habían dado en matrimonio a una damisela totalmente inexperta a la que, siguiendo la costumbre, habían instruido tan sólo la víspera.
— Sin mayores explicaciones —le dice su madre— porque la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendarte, hija mía: desconfía de las primeras proposiciones que te haga tu marido y contéstale con firmeza: «No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cualquier otro sitio que te guste, pero por ahí de ninguna manera...».
Dicho esto, se ponen a engalanar a la señorita; la arreglan, la bañan, la perfuman. Llega el Príncipe, con el pelo ensortijado, empolvado hasta los hombros, chillón, balbuciendo leyes y diciendo cómo tiene que ser el Estado. Gracias al arreglo de su peluca, de su traje ajustado, de sus carnes prietas y restallantes, apenas se le calcularían cuarenta años, aunque tenga cerca de sesenta. Aparece la novia, él le hace unas carantoñas y en sus ojos se puede ya leer toda la depravación de su alma. Al fin llega el momento...
Se acuestan y por un prurito de pudor y de honestidad que no se hubiera sospechado ni por asomo, el Príncipe, queriendo hacer las cosas como Dios manda al menos por una vez, no propone a su mujer más que los castos placeres del himeneo; pero la joven, bien educada, se acuerda de la lección:
— ¿Por quién me tomáis, señor? —le dice—. ¿Os habéis creído que yo iba a consentir algo semejante? Por cualquier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna manera.
— Pero, señora...
— No, señor, por más que insistáis nunca accederé a eso.
— Bien, señora, habrá que complaceros —contesta el Príncipe tomando posesión de su enclave predilecto—. Mucho sentiría disgustaros y más en vuestra noche de bodas, pero tened en cuenta, señora, que en el futuro, por mucho que me lo roguéis, ya no podréis hacer que varíe mi rumbo.
— Me parece muy bien, señor —contesta la joven, buscando la postura—, no temáis que no os lo he de pedir.
— Entonces, ya que así lo queréis, adelante —contesta él—, ¡hágase como se ordena!






